lunes, 25 de julio de 2011

A VECES, PERROS RABIOSOS

   Hay  noches en las que los perros rabiosos del pasado te persiguen por un camino parecido a otro en el que tropezaste, para, presa del pánico, ayudarte a caer con algún recuerdo afilado. Después, sus ladridos en la nuca de tu conciencia, consiguen que te lamentes por ti, con el ánimo hecho jirones.

   A veces, la tristeza ronda tu casa e, incluso, se acerca a tu puerta. Intenta oler tu debilidad y una posible flaqueza de dolor. Sigue dando vueltas. No está segura de poder triunfar. No está segura de que tus fuerzas estén lo suficientemente mermadas por el desánimo. Le gustaría que tu esperanza estuviera huída y que llorara de angustia tu ánimo en las esquinas quemadas de tu ilusión. Pero, recuerdas que un día prometiste no arrastrarte por el barro viscoso del desamor; juraste, con tu palabra despoblada de fe, que no volverías a esperar una sonrisa, o una palabra o una llamada de recuerdo (hace tiempo que aprendiste que los poetas vulgares no despiertan ese tipo de curiosidades). Entonces, esa tristeza carroñera decide alejarse, quizá hasta que las aguas podridas vuelvan al cauce de los sueños rotos. Decide irse, porque te ve fuerte y porque sabe que has visto la miseria de los hombres y sabe que no la recibirás con las lágrimas de antaño. Se va. Pero permanecerá merodeando por si en tu casa, algún día, se oye el sonido punzante de los cristales rotos. 


2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...
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